Mi mejor regalo de navidad

Desde muy pequeña soñé con una familia perfecta, donde después de un largo día de trabajo el papá llega a casa y la esposa y los hijos lo reciben con amor, al parecer todos son felices y, a pesar de no tener mucho, la alegría y la unidad abunda entre ellos. Si alguno de ustedes vio la serie “La familia Ingalls” podrá entender de lo que hablo.

Muchas veces no quise abrir mis ojos para dar por terminados mis sueños y vivir la realidad en la que me encontraba, porque a cambio de abrazos eran golpes y en lugar de palabras suaves, gritos. Anhelé con todo mi corazón que esos días y noches de peleas terminaran pronto, pero no parecía tener fin; al contrario, creo que los conflictos iban en crecimiento hasta terminar en la rivalidad, lo que día tras día compungía mi corazón por los reclamos y palabras hirientes que mis padres se decían uno al otro.

Pero un día, cuando la situación parecía empeorar me acerqué a Dios, de quien había oído que era capaz de restaurar todo lo que parecía estar perdido, sentía tanto peso en mi corazón por lo que vivíamos que estaba dispuesta a todo con tal de que las cosas mejoraran. Con lágrimas en los ojos le pedí a Dios que restaurara mi familia y que si realmente Él existía transformara la vida de mi papá, quien no sólo había mostrado ira por conflictos pasados con mamá, sino porque estaba enviciado con el alcohol, lo cual le era difícil dejar.

Cuando mis fuerzas parecían terminar y creía que nada pasaría, Dios envió ángeles para hablarle a papá. Al parecer fue la primera vez que él prestó atención a lo que ellos decían, mi padre jamás tuvo interés de llevar una vida cristiana, en su mente estaba el disfrutar lo que se podía mientras uno estaba vivo, pero no creía que existía vida después de la muerte. Cuando vi su interés, creí que todo pasaría pero llegando una vez más al fin de semana, entendí que sólo había escuchado por gusto, porque nada cambió.

Mis días de oración por mi familia y en especial por mi padre se alargaron, fue el tiempo donde empecé a conocer a mi creador y donde pude adquirir más fuerza para seguir intercediendo por él. Pasaron meses, años y aún había esa pequeña esperanza que me impulsaba a seguir, a pesar de que hubo momentos de desánimo, Dios me ayudó a no desistir.

Al poco tiempo papá enfermó, estaba postrado en cama sin diagnóstico conocido. Tal vez él estaba asustado por lo que estaba viviendo, empezó a escuchar música cristiana y prédicas que estaban almacenadas en nuestro pequeño equipo. Me alegró el corazón saber que tenía algo de interés por conocer a Dios.

Un domingo me armé de valor para decirle: “Pa, estoy yendo a la Iglesia, ¿quieres ir conmigo?” Él respondió: “Sí”. Creo que sólo bastaba esa palabra para que él entregara su vida a Cristo, el Señor había estado trabajando en él de manera particular. La verdad no esperaba esa respuesta, pero puedo decir que ése día fue el mejor de toda mi vida. Al verlo entrar por los atrios de la Iglesia sentí tanta felicidad y gratitud; y poco tiempo después mi mamá llegó a los pies de Cristo. Y por supuesto que las cosas cambiaron.

Se acercaban las fiestas de fin de año y puedo asegurar que fueron las mejores de todos los tiempos, si bien antes cada uno se iba a descansar después de un largo día de trabajo, ahora había una razón para agradecer a Dios por sus grandes maravillas en nuestras vidas. Ése fue mi mejor regalo de navidad.

Si por años haz estado luchando por tu familia sin ver resultado alguno, no pierdas la esperanza, Dios puede darte el mejor regalo en esta navidad, no todo está perdido, sus planes están por encima de los nuestros, ¡sigue batallando!

Aunque no existe la familia perfecta tenemos a un Dios perfecto, capaz de restaurar lo que parece estar perdido. Aprovecha estas fechas para compartir el amor de Dios, hay personas que necesitan de tan sólo una palabra para llegar a los pies de Cristo nuestro Salvador.

“Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo, todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en Él y Él en Dios”.1 Juan 4:14-15 (RVR).

Por Ruth Mamani

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